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El grito que acalla el silencio

Publicada el 12 de octubre de 202525 de enero de 2026 por Iris Ciobanu

Doy un paso tras otro, maravillándome del primer día de diciembre y de cómo está introduciendo el invierno. 

Me concentro en la música que llega a través de los auriculares, aislándome de los sonidos exteriores para concentrarme en las canciones de Ruel. 

Quizá es por eso que no escucho los gritos. Quizás es por eso que no me tomo en serio al chico negro que me pasa a toda velocidad por al lado, casi tirándome al suelo. Pongo mala cara por su brusquedad, sin parar a preguntarme de dónde viene. Sin parar a preguntarme por qué, posteriormente, me rozan tres bicicletas montadas por tres chicos, a una velocidad terrorífica, en dirección al primer chico. Por el impulso y los sustos, uno de los auriculares se me cae al suelo y, al agacharme a recogerlo antes de que pase otra ronda de adolescentes con ganas de adrenalina, lo escucho. 

Escucho los gritos de socorro del chico negro.

Escucho otros gritos, o más bien insultos, acompañados de risas, viajando a gran velocidad en su dirección.

Palidezco.

Y recuerdo su risa y mi enfado aún presente años después…

***

Me encojo sobre mí misma, riéndome de las caras de mi mejor amigo. Me quedo pensando en qué hubiese pasado si no nos hubiesen puesto en la misma clase hace años. 

Abro la boca para responder a su último comentario cuando veo que le cambia la cara. Desgraciadamente, sé muy bien lo que eso significa. Se me borra la sonrisa como si con un trapo me la limpiasen. La risa se me acaba tan bruscamente como cuando arrancas una flor de raíz. 

Mi amigo se gira hacia el origen de los gritos. 

  • Te he traído un trozo de pan, un manjar para los de tu país. Por eso venís a robar aquí, ¿verdad?

—Mira, pedazo de gilip… —Empiezo a decir, pero siento la mano de mi amigo apretándome el brazo y susurrándome al oído: “Déjalo, da igual. No podemos hacer nada.”

*** 

Corro, las bicicletas alejándose, impidiéndome actuar y recordándome que llego tarde otra vez. 

————————–

Un mes más tarde

Me centro en mi respiración. Inspira, expira. Inspira, expira. Avanzo un paso tras otro, un metro tras otro, un kilómetro tras otro. Observo el panorama a mi alrededor; los árboles que se alzan majestuosos hacia el cielo, las familias paseando envueltas en gruesos abrigos para protegerse del frío de enero, las decoraciones de Navidad en las tiendas, que no durarán mucho más, los adolescentes fumando y bebiendo en los bancos, gritando…

¡Eh, vosotros! —¡Maricones! —dice uno de los adolescentes, provocando risas por parte de sus amigos. Miro a mi alrededor, buscando a los objetivos de ese grito, cuando veo a una pareja de chicos sentados en un banco, abrazados. 

Comienzo a arder de furia. 

Mi cabeza proyectando imágenes antiguas, pero no por eso borrosas.

***

Intento concentrarme en lo que el profesor apunta en la pizarra, pero las chicas de atrás gritan y ríen demasiado fuerte y no oigo ni mis propios pensamientos. 

Me giro para ver cómo le va a mi hermana con los ejercicios, cuando la veo cabizbaja y con la cara empapada por las lágrimas. Me levanto, ignorando las inmediatas réplicas y amenazas del profesor, y me agacho al lado de su mesa. 

  • Marta, ¿qué ha pasado? —¿Te encuentras mal? —le pregunto, preocupada. Ella niega con la cabeza y me tiende unos papeles esparcidos por su mesa. Los leo. Me levanto, la ira haciéndose lugar en mi interior, y me encamino al profesor. Le entrego los papeles, intentando no gritar cuando le explico la situación. 
  • Esas niñas de atrás le están tirando papeles a mi hermana en los que pone que da asco por ser lesbiana y que ojalá se muera. 
  • Lamento escuchar eso, pero ha interrumpido mi clase.
  • ¡¿Pero usted me está escuchando?! La están insultando…
  • Son solo niñas; a veces podéis ser crueles, pero no es nada grave. Todos hemos hecho algo parecido alguna vez, ¿o me va a decir que usted no?

***

Han pasado semanas desde el acontecimiento de los adolescentes. Empujo la puerta con ambas manos, aspirando el maravilloso olor que los libros de segunda mano antiguos desprenden en un espacio cerrado. 

Me giro hacia mi pasillo favorito: los thrillers. Doy un par de pasos y me cruzo con una chica de mi edad que me sonríe rápida y secamente. Le devuelvo la sonrisa justo cuando veo detrás de ella a un hombre unos años mayor, con cara de enfadado, que al verme me sonríe y se dirige bruscamente hacia la chica. 

Cuando ya los he dejado atrás, percibo un ruido y me giro, extrañada. Entonces lo veo. La mano del hombre en el brazo de la chica, ejerciendo una fuerza que se me hace conocida. La mirada de enfado de él. La mirada de espanto y asco de ella. 

Me quedo paralizada, volviendo a un momento familiar…de una década atrás.

***

Me despierto de un sobresalto al escuchar el inconfundible sonido de platos estrellándose contra la pared, haciéndose añicos y cayendo al suelo. 

Me levanto de la cama y salgo alerta de mi habitación, dirigiéndome a las escaleras. 

Escucho los gritos del que se supone que debería ser mi padre, mi consejero, mi apoyo, mi protector, no mi mayor enemigo. 

Quisiera no escuchar nada, para así no ser testigo del llanto de mi madre, que me acaba avasallando. 

Entonces oigo cómo la puerta de entrada se cierra bruscamente y siento, dentro de mí, cómo mi madre se derrumba. 

Siento dentro de mí la rabia que sentí esa primera vez, ese primer grito, ese primer portazo, esa primera bofetada. La primera y última vez que llamé a la policía. La primera y última vez que me dijeron que “todos los matrimonios tienen problemas, que no llame por tonterías, que algo habrá hecho mi madre para que llegara a ese nivel”. 

Entonces recuerdo el origen de todo… Cuando despidieron a mi madre del trabajo por estar embarazada de mi hermano. 

***

Meses después del incidente de la biblioteca, grito con ella en mente, lágrimas corriendo por mis mejillas al observar a mi alrededor: miles de personas, llenando Plaza de Cataluña con gritos desgarradores e insignias rompedoras. Miro hacia arriba, el manto de estrellas cubriéndonos y haciendo acto de presencia en este día tan importante para todos nosotros. 

Grito, y por cada grito rememoro cada historia contada con lágrimas en los ojos, por cada amiga que no llegó a su casa, por cada una de las personas que me rodean, por cada una de sus historias. Porque quizá están aquí para conseguir la igualdad y la justicia para las próximas generaciones, o quizá están pasando su sábado noche gritando por sus madres, hermanas, primas, amigas, que ya no pueden.

Porque mi madre en el momento no pudo. Y ya no podrá.

Porque mi amigo tuvo miedo de hablar, y ya no lo hará.

Porque mi hermana estuvo avergonzada. Y ya no lo estará.

———————-

En ese momento no pude hacer nada, pienso.

Pero no hacer nada es hacer algo. Es defender los prejuicios, la ignorancia, el abuso.

Porque el abuso tiene distintas caras.

Entonces grito, porque callar también es una forma de violencia.

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