Es curioso como cambia la percepción de nuestra mascota una vez se va.
Cuando sabemos que está al otro lado de la pared lo normalizamos. Como sabemos que cada vez que nos tumbemos en el sofá se va a querer subir encima, nos damos la libertad de rechazarla, quejándonos de sus arañazos involuntarios.
Pero cuando lo ves, ese instante en el que algo no va bien, “no respira normal, no quiere comer, no se mueve casi…” Entonces lo notas. Las ganas de gritarle a todos los que pudieron disminuir el dolor que pasó, pero no lo hicieron. Notas el sentimiento de no querer dejarla sola, de no querer dejarla ir. No quieres que su vida termine a tan corta edad y en la más pura soledad.
Así que lo haces. Te quedas tumbada a su lado en el garaje. Le lees, le hablas. Le dices que la quieres y que no la vas a olvidar. Que agradeces todos los momentos. Le relatas el primer dia que la adoptaste, cómo le costó acostumbrarse a vivir con otro gato y otra familia en una casa ajena.
Tu madre te insiste en que salgas de allí, que te distraigas. Tu hermana no quiere entrar porque le da pena y miedo. Pero, ¿cómo puede ser que tu gata haya estado toda su vida rodeada de personas y que los últimos momentos de esta los pase sola?
Así que te quedas. Le haces compañía. Más tarde, tu madre te convence de salir de casa un rato. Una peli y a cenar…No quieres, pero vas. Tu hermana necesita distraerse. Acabáis de cenar y, de camino al coche, tu madre os lo dice; “se ha ido”. Entonces te derrumbas, llorando. Un solo pensamiento en tu mente; “se ha ido sola. No he estado allí”.
Cuando llegáis a casa entras en el garaje y te quedas mirando ese bulto envuelto en una sábana que hasta hace una semana era una gata, Blanca, a la que le encantaba comer, sobretodo el atún y el jamón, dormir, subirse encima tuyo en el sofà y tumbarse al sol.
- Vamos a comenzar una película—. Te dice tu madre, y sientes que el bulto que tienes delante ha pasado a ser solo eso; un bulto.

