El cuadro ya llevaba allí dos semanas. El tiempo necesario para adaptarse, encontrar su sitio y conocer a todos los jóvenes y adultos que entraban y salían de ese hospital de día.
Al principio no fue fácil: sentía que sobraba, que nadie le hacía caso, y si lo hacían era para tropezarse con él para, seguidamente, levantarlo y volver a dejarlo en su lugar.
Él, antes de empezar a ir allí, se veía bien: sentía que le predominaba un color azul muy bonito, junto con algún toque celeste. Siempre le habían dicho que llamaba la atención, pero allí, en ese hospital, sentía que nadie reparaba en su existencia.
Hasta un día, que llegó un chaval de unos cuantos años (los cuadros no son buenos adivinando edades), y se le quedó mirando. El cuadro ya se había fijado en que le costaba comer, que se quedaba mirando el plato embobado, seguramente concentrado en alguna batalla interna. Cuando se le quedó mirando, el cuadro sintió un calor muy maternal, la necesidad de proteger al chico, y algo que le recorría para acabar transmitiéndose al chico.
El niño se le quedó mirando un rato más, con los ojos tristes y desesperanzados, aunque quizá, con un poco más de brillo que antes.
Cada vez que el chico se quedaba embelesado mirando el cuadro, este sentía la misma calidez. A los pocos días (los cuadros tampoco son buenos calculando el tiempo), el chico, de nombre Raúl, comenzó a mejorar. Cada vez luchaba menos con esa voz en su cabeza y se llevaba más tenedores a la boca.
Día que se quedaba observando el cuadro, día que se sentía un poco más fuerte, esperanzado, capaz.
Hasta un buen día, cuando se colocó enfrente de este y murmuró, con los ojos brillantes y una sonrisa en la cara: “Gracias”.
Desde entonces, el cuadro ha ayudado a muchos más niños y niñas, chicos y chicas, a salir de su pozo y a ver la luz.
Y ya no se siente inútil, más bien lo contrario, porque ha entendido que a veces, solo con la presencia y sin necesidad de palabras, se puede hacer mucho.